6 – 12 de agosto (semana 13)

Esta semana estuve de vacaciones en Tuxpan, Veracruz. Avisé con antelación a mis líderes en mis asignaciones y a mi terapeuta. Por eso esta semana fue totalmente diferente. Este viaje lo hicimos con mi tío Beto, hermano de mi papá, su esposa, mi tía Alma y dos de sus hijos: Beto y Naye. Quienes no vinieron fueron mi prima Andy y mi hermano Lalo porque se quedaron a trabajar.

Tuxpan es un lugar con mucha historia familiar porque ahí vivieron mis bisabuelos y mi papá y sus hermanos iban a visitarlos varias veces al año.

Cuando nos encontramos con ellos en la carretera me conmovió mucho que mi tío y mi papa estuvieran vestidos iguales, como cuando eran niños pequeños e iban a Tuxpan.

En ese entonces el camino era muy largo, pero hoy en día hay una carretera muy padre llena de vegetación que hace el camino más corto: queda como a cuatro horas de la ciudad de México.

Llegamos al medio día y todavía no estaba disponible nuestra habitación del hotel, así que nos fuimos a la playa. Mis líderes de misión me dijeron que como regla de la misión no puedo entrar al agua, así que para entretenerme me puse a leer, a hacer una figura de un sapo en la arena y a jugar Uno con mis primos. Había muchos perritos muy cariñosos en la playa.

Algo complicado de estar en la misión y de vacaciones es que trato de seguir mis hábitos misionales, como leer las escrituras y hacer ejercicio. Me lleve la computadora al viaje y estuvo bien porque el lunes por la noche, al llegar al hotel me puse a mandar correos y a escribir un articulo que me asignaron.

El martes, mi hermana Katy y yo hicimos una de nuestras cosas favoritas juntas: una sesión de fotos.

Mientras nosotros nos tomábamos fotos, mis papás y mis tíos estaban en la alberca, a veces pienso cómo han cambiado los roles, cuando éramos niños, éramos los hijos los que no salían del agua.

Mas tarde volvimos a ir a la playa en donde me puse a recoger un poc de basura porque quería sentir que estaba sirviendo como misionera de servicio.

En la noche comimos al lado del río de Tuxpan y en la noche fuimos a visitar a mi tía Abuela Concha.

El miércoles recorrimos la Zona Arqueólogica del Tajín, que es un lugar precioso y al final del recorrido mi mamá me compró unos pepinos con el chile en polvo auténtico del Tajín que es el mejor que he probado en mi vida.

Después fuimos al centro de Papantla, donde mis papás compraron vainilla y donde vi a los auténticos voladores de Papantla.

Al atardecer, antes de ir al hotel, fuimos al centro de Tuxpan por un Timbakey que es una deliciosa bebida tradicional de tuxpan con plátano y grosella, y luego caminamos en el malecón junto al río, en el cuál dimos un pequeño paseo en lancha.

En algún punto de la semana me invadió un gran sentimiento de inutilidad. Sentí que al haber dejado mis asignaciones sin que las personas a las que sirvo tuvieran problemas, significaba que tal vez era reemplazable y que sin el servicio no soy nada, pero sé que ese sentimiento proviene del adversario y traté de descansar, disfrutar, pero también de seguir al lado del Espíritu Santo.

El jueves volvimos a pasar el día en la playa y aprendí a jugar un juego de mesa con canicas llamado el Parchis. Me comí un coco que es mi fruta favorita junto con las cerezas, e hice una escultura de arena de un Michi.

En la noche fuimos a visitar a otros tíos abuelos, mi tía Esther y su esposo Toco, así como a su hija, mi tía Blanca, a quien le pude platicar de la misión de servicio y me dio muchas palabras de ánimo para seguir adelante en mi llamamiento.

El viernes en la mañana, nuestro último día en Tuxpan, fuimos muy temprano a ver el amanecer, sin ebargo, estaba muy nublado y no se pudo ver bien. Mi papá incluso llevó su cámara profesional pero no se vio como esperábamos. El sol no se dejó ver.

Después volvimos al hotel a dormir otro ratito y empacar nuestras cosas, pasamos al mercado por unos encargos de mis abuelitos y emprendimos el camino de regreso a México. Hubo mucho tráfico porque estaban arreglando un tramo de la carretera, pero yo me dormí e iba leyendo, entonces me sentía muy bien. Hicimos una parada para comer y ahí me despedí de mis tíos y mis primos. Me encantó que pasáramos las vacaciones juntos, ellos son una familia muy amorosa y divertida y siempre me la paso muy bien a su lado.

En la noche fui a una actividad JAS de mi barrio que organizó nuestro maestro de escuela dominical, el hermano Aquino, la clase me gustó mucho y disfruté convivir con los demás. Comimos sandwiches y jugamos jenga.

El sábado tuve mi conferencia de zona en la que se compartieron muchos mensajes alentadores por parte del élder y la hermana Castañeda,mis líderes de misión y por los líderes de distrito: la hermana Ortiz y el élder Salazar. Pude conocer más y convivir con otros misioneros de servicio, como yo, lo cuál me fortalece mucho. Sé que no conozco a los misioneros de la zona a profundidad pero siento un gran cariño fraternal por ellos y por los líderes de la misión de servicio. Siento que ellos me entienden.

Como parte de la actividad nos subimos todos a la camioneta del Elder Castañeda: cinco hermanas adelante y siete misioneros atrás y fuimos a llevar donaciones de despensa a una Casa Hogar en donde hay muchos niños con discapacidad. La casa hogar es administrada por monjas, hacia quienes siento una gran admiración y respeto por su servicio, que me motiva a servir mejor.

La conferencia de zona fue en el CCM, por lo que comimos y desayunamos ahí. Disfruté mucho de la actividad. El único problema fue que no llevaba dinero y me tardé mucho en conseguir sacar de la farmacia para pagar el camión de regreso a mi casa.

El domingo en nuestra clase de la Sociedad de Socorro, la presidenta, Irma Anaya, compartió un pastel con todas porque fue su cumpleaños y nos tomamos esa foto. Recibí donaciones de las hermanas del barrio de colores, crayolas y lapiceras para una campaña de regreso a clases en el CRIT.

Por la tarde completé todas las páginas de mi diario, el cual mi mamá me compró el verano pasado, durante el cual estaba pasando por un momento emocional muy difícil porque no podía terminar mi servicio social para irme a la misión. Además, me sentía muy triste de haber terminado la universidad y de tener que enfrentarme al mundo. Al ver hacia atrás me siento muy agradecida por el progreso que he tenido.

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