Hace un par de semanas cumplí nueve meses en la misión, lo que significa que ya llevo la mitad. Una parte de mí extraña ser nueva, sentirme pequeña en todo esto, pero otra parte de mí se siente muy agradecida del progreso que he logrado.
Al principio de mi misión no pensé que podría llegar a hacer todas estas cosas de las que ya he hablado. A continuación algunas de las cosas que se han transformado en mí:
Mi voluntad está más alineada con la de Dios.
Al principio de la misión una gran parte de mí aún deseaba hacer muchas cosas del mundo, como ver películas, escuchar música y pasar todo el día en mi celular. El servicio que el Señor me pedía era como una gran interrupción de todo lo que en realidad tenía ganas de hacer, sin embargo, con el tiempo mis deseos han cambiado. Ahora me resulta fácil y natural seguir el llamado de Dios, encuentro alegría en hacerlo y todas las demás cosas me parecen una interrupción del gozo que me da ayudar a los demás y centrar mi vida en Cristo.

Mi percepción de mí misma
Antes de la misión estaba en un momento duro de mi vida en el que me costaba encontrar un lugar para mis talentos en el que realmente pudieran tener un impacto en los demás. Ahora puedo sentir que lo que hago es importante, a veces las personas me agradecen con mucho cariño por el servicio que presto, pero aún cuando no lo hacen, sé que el Señor valora todos mis esfuerzos y los reconocerá en público (Mateo 6:6). Ahora no sólo me siento útil e importante sino que reconozco en mí una belleza espiritual que crece y tiene el deseo de nutrir a los demás.

Mis habilidades sociales
Soy una persona introvertida, pero esa parte de mí puede pasar desapercibida porque mi timidez prácticamente ha desaparecido. Siempre estoy buscando maneras de conectar con las personas para identificar sus necesidades y saber cómo ayudarlas. Aún hay días en los que lo único que quiero hacer es estar sola en mi cuarto y me pesa mucho salir de casa, sin embargo puedo sentir alegría cuando paso tiempo con otras personas. Siento la responsabilidad de que mis manos son las del Señor y cuando abrazo, mis brazos son los del Señor. Cuando tengo la impresión de hacer algo por alguien, es el Señor quien lo está haciendo y por eso no quiero privar a nadie del gran amor que siento.

Mi paciencia y mi misericordia han aumentado

Al convivir con diferentes tipos de personas con diferentes personalidades he aprendido a reaccionar con más afecto y delicadeza ante las cosas que no me gustan de ellos. He aprendido a ser más mansa con quienes están a mi mando y no tomarme las cosas personales. También he llegado a entender que los sentimientos de Sus hijos son tan importantes, e incluso más importantes, para Dios que el cumplimiento exacto de las normas. En la semana leí esta cita del élder Dale G. Renlund
Cuando el amor de Cristo envuelve nuestra vida, tratamos los desacuerdos con mansedumbre, paciencia y bondad. Nos preocupamos menos por nuestra propia susceptibilidad y más por la de nuestro prójimo. Nosotros “tratamos de moderar y unificar”. No nos inmiscuimos en “contiendas sobre opiniones”, no juzgamos a aquellos con quienes no estamos de acuerdo ni tratamos de hacerles tropezar. En cambio, suponemos que aquellos con quienes estamos en desacuerdo están haciendo lo mejor que pueden con sus experiencias de vida.
Dale G. Renlund

La comprensión de mi llamamiento ha crecido
A lo largo de mi misión he llegado a entender por qué me asignaron una misión de servicio, me he dado cuenta del amor que el Padre Celestial tiene por mí gracias a las experiencias que me ha permitido tener. Mi dolor por no poder ser una misionera de enseñanza se ha estado desvaneciendo en el aire y siento que estoy en el lugar correcto.

He llegado a amar mi llamamiento como misionera de servicio y a sentirme orgullosa de él. Cada vez me duele menos compartir mi historia y ya no me siento inferior a los misioneros de enseñanza. Sé que al ser una pionera en este tipo de misión puedo inspirar a más personas a aceptar este llamamiento y a abrazarlo como el gran privilegio que es.

He aprendido muchas cosas
Recuerdo que al principio muchas cosas en el templo me daban miedo y me resultaban desconocidas, por lo que ahora me sorprende la familiaridad y la confianza con la que ahora me acerco a ellas. Y así en muchas otras cosas, he aprendido más de lo que soy capaz de expresar, pero una de las cosas más importantes que he aprendido es que cada persona tiene una historia y esa historia es importante. Cuando veo a los demás trato de pensar en esa historia que cada uno lleva consigo y el papel que mis palabras y mis acciones pueden tener en esa historia.
También he aprendido muchas cosas en las escrituras que me permiten acercarme a los principios de una manera diferente y enseñarlos con más claridad.
Me da mucha alegría ser misionera y me angustia que algún día esto se va a terminar y que ese día está más cerca de lo que está el primer día de mi misión. Trato de no pensar en eso, disfrutar este tiempo y abrazarlo con todas mis fuerzas, intento servir todo lo que pueda con este manto del llamamiento y tener gozo en él porque es un tiempo que nunca va a volver.


Deja un comentario