Diciembre de 2012. Acababa de cumplir 12 años. Tal vez me veía un poco mayor. Aunque una vez, años después, cuando pasamos frente a un grupo de jóvenes de primero de secundaria le pregunté a mi mamá “¿En serio nos veíamos así de pequeños?” a lo que ella respondió: “Sí y de hecho tú te veías menor que ellos porque naciste hasta diciembre y eras de las más chiquitas”.
Mi prima me invitó a mi primer baile para jóvenes de la Iglesia, fue en su estaca, en donde no conocía a nadie más. Recuerdo que fui con mis dos hermanos mayores varones. Yo estaba muy emocionada. Los bailes era una de las cosas divertidas que hacían los que tenían más de doce años, de las cuales por fin podría participar. Me tomé mucho tiempo en pensar qué ponerme, en peinarme y en tratar de verme lo más bonita que podía sin maquillarme, porque no me daban permiso.
Aunque esta entrada no es realmente sobre lo que me puse ese día, trataré de describir mi outfit de esa noche:
Recuerdo que estaba usando un vestido blanco de una tela ligera con un poco de textura, de forma que parecía como si tuviera algunas flores que apenas se percibían. El vestido venía con un listón negro a modo de cinturón, la falda tenía un poco de vuelo y me llegaba a la rodilla. El vestido no tenía mangas, por lo que me puse un pequeño suéter abierto de color blanco para cubrirme los hombros. Estaba usando unos zapatos negros tipo balerina con una flor de muchos pétalos de tela. No puedo adjuntar fotos pues ya me deshice hace mucho de estas prendas, pero las siguientes se parecen un poco.


No recuerdo muchos detalles, si había muchas o pocas personas, pero recuerdo que no sabía bailar en pareja, por esta razón mi hermano me estuvo enseñando algunos pasos y vueltas. Sentía el cuerpo rígido ante algo que no sabía hacer bien, me sentía ligeramente incómoda al pensar en el fondo de mi mente que estos bailes tradicionalmente se hacían para emparejar a las personas.
Después de unos minutos, una mujer, una hermana, de quién no recuerdo, ni su nombre, ni su rostro, se acercó a mí con varias prendas de ropa colgándoles de los brazos. Al parecer esta hermana estaba dándoles prendas de ropa a las chicas cuya ropa no era considerada modesta. La hermana me pidió que la siguiera al baño. Yo lo hice, me dejé llevar con esa obediencia muda que me caracterizaba, sobre todo ante un entorno nuevo en el que no sabía nada, aunque una parte de mí se quería resistir.
La hermana explicó que me había visto bailar y que cuando yo daba vueltas se me veía “todo”. Me dijo que escogiera entre varias faldas. Con la cara roja y mucha tristeza, tomé una de las faldas y me metí a uno de los cubículos del baño.
Desde afuera escuché la voz de la hermana que me decía “Te espero aquí afuera”. Recuerdo que me tardé mucho tiempo en cambiarme, no porque fuera una actividad que me llevara más que un par de minutos, sino porque estaba tratando de calmar mi mente. Un gran sentimiento de vergüenza me recorría todo el sistema nervioso ¿Quién más me había visto? ¿Mis hermanos? ¿Mi prima? ¿Todos los desconocidos? ¿Y los que no me habían visto se darían cuenta de que algo había mal en mí cuando me saliera con otra falda? (una falda que por cierto no tenía idea de cómo estilizar con mi outfit).
¿Esto era ser parte de los jóvenes de la Iglesia? En el día uno ¿ya estaba siendo señalada por hacer algo mal? Ahora, siendo mayor, me preguntó qué podría significar mi pequeño vestido blanco más allá de mi inocencia. No tenía la intención de romper sus estándares de modestia, menos aún de seducir a nadie. No me había sentido tan avergonzada de mi cuerpo hasta que llegué a la pubertad, avergonzada de existir, con la presión de alcanzar los estándares femeninos a la vez que alcanzaba los de la modestia de mi iglesia.
Recuerdo que vi una ventana en el cubículo del baño, arriba de mi cabeza, la ventana estaba fuera de mi alcance, y tenía una rejilla de mosquitero. Sin embargo, me imaginé a mí misma rompiendo la red del mosquitero y saltando para huir de ese lugar y correr a mi casa con mis padres. Cuidando que en ningún momento se me vieran los calzones. Si hubiera tenido un celular hubiera llamado a mi mamá con lágrimas en los ojos para que pasara por mí.
Pero no hubo lágrimas, después de lo que me pareció media hora, me puse la falda abajo del vestido, traté de no mirar a la hermana que seguía enseñándoles faldas a las chicas para que se las pusieran y volví al salón donde se estaba llevando a cabo el baile. Una docena de chicas traían faldas que desentonaban con el resto de su atuendo, identifiqué algunas de las que la hermana me había ofrecido.
Traté de que la vergüenza no arruinara mi noche, baile en grupo y un poco más con mis hermanos, quienes no parecieron darse cuenta de nada diferente en mi atuendo. Al final del baile le devolví su falda a la hermana y volví a mi casa. En el auto llegué a la conclusión de que los bailes no eran tan divertidos. Aunque mi vestido no fue aceptado, me la había pasado mejor arreglándome para la ocasión que en la ocasión en sí.
Pocas veces me volví a poner el vestido blanco, sin poder creer que mi vestido realmente se levantara al dar vueltas, me ponía frente al gran espejo de la habitación de mis papás cuando ellos no estaban y daba vueltas con el vestido puesto, por más vueltas que daba, seguía sin ver que se me levantara la falda y se me viera la ropa interior.
Seguí creciendo, usando ropa modesta en su mayoría, aunque muchas veces tuve el deseo de no hacerlo. Escuchaba muchas veces comentarios sobre aprovechar mi juventud para usar la ropa que yo quisiera, pero seguí usando lo que estaba designado para mí. Jeans y playeras, con faldas largas y vestidos los domingos. No obstante, nunca dejé de tratar que todo se viera más interesante, pues tenía un gran sentido creativo con ganas de expresarme por medio de mi ropa.
Volví a usar vestidos ligeramente “inmodestos” en algunas otras ocasiones en mi juventud. Los comentarios críticos de otras personas hacia ellos nunca me inspiraron a cambiar, sobre todo porque nunca provenían de personas que no cometieran pecados por sí mismos. Aquellas personas a quienes yo admiraba por su fidelidad en la Iglesia, personas que me amaban y se preocupaban por mí de manera personal, no solían decir nada, creo que confiaban en que mis acciones nunca fueron malas y que naturalmente cambiaría. Y así fue.
Con el tiempo he reflexionado sobre el principio de la modestia, en especial me cuestioné sobre la cultura de los miembros de la Iglesia. ¿Se nos enseña señalar el comportamiento que se sale de las normas (aunque sea por unos centímetros de largo)? ¿no se nos debería enseñar primero a ver y tratar a las personas como el Señor lo hace?
No quisiera que ninguna niña volviera a experimentar la vergüenza que yo sentí.
Entiendo el deseo de proteger a las jóvenes de miradas que las sexualicen, pero ¿no traen todo tipo de ropa las víctimas de abuso sexual?
¿No deberían ser el uso de la pornografía o el acoso sexual, temas más vigilados que el largo de mi falda?
Muchas de las normas de vestimenta que yo trataba de seguir en ese entonces, estaban basadas en la versión del manual Para La Fortaleza de la Juventud de ese entonces.
“Nunca rebajes tus normas de vestir; no utilices una ocasión especial como excusa para ser inmodesto(a). Cuando te vistes de manera inmodesta, transmites un mensaje que es contrario a tu identidad como hijo o hija de Dios. También envías el mensaje de que estás haciendo uso de tu cuerpo para obtener atención y aprobación. La ropa inmodesta es cualquier prenda que sea ajustada, transparente o provocativa de cualquier otra manera. Las jovencitas deben evitar los pantalones cortos (“short shorts”), las faldas cortas, las camisetas o blusas que no cubran el estómago y prendas que no cubran los hombros o que sean escotadas por delante o por detrás. Los hombres jóvenes también deben mantener la modestia en su apariencia. Los hombres y las mujeres jóvenes deben ser pulcros y limpios, y evitar ser extremos o inapropiadamente casuales en la forma de vestir, en el peinado y en el comportamiento.
Ahora, el manual es diferente y este cambio me parece más apropiado:
Trata tu cuerpo, y el cuerpo de otras personas, con respeto. Al tomar decisiones en cuanto a tu ropa, peinado y apariencia, pregúntate: “¿Estoy honrando mi cuerpo como un don sagrado de Dios?”. El Padre Celestial desea que nos veamos unos a otros por lo que realmente somos: no solo como cuerpos físicos, sino como Sus amados hijos e hijas con un destino divino. Evita los estilos que destaquen o llamen la atención de una forma inapropiada hacia tu cuerpo físico en lugar de lo que eres como hijo o hija de Dios, con un futuro eterno. Deja que la pureza moral y el amor por Dios guíen tus decisiones. Busca el consejo de tus padres.
¿Cuál es la norma del Señor en cuanto a la vestimenta, el arreglo personal, los tatuajes y las perforaciones? La norma del Señor es que honres el carácter sagrado de tu cuerpo, aun cuando eso signifique ser diferente al mundo. Permite que esta verdad y el Espíritu sean tu guía al tomar decisiones, especialmente las que tienen efectos duraderos en tu cuerpo. Sé sabio y fiel, y busca el consejo de tus padres y líderes.
Creo que es importante algo que dijo el élder Uchtdorf cuando anunció este nuevo manual:
Así que el propósito de Para la Fortaleza de la Juventud es conducirlos hacia Él. Les enseña verdades eternas de Su evangelio restaurado; verdades sobre quiénes son ustedes, quién es Él y lo que pueden lograr con Su fortaleza. Les enseña cómo tomar decisiones rectas basándose en dichas verdades eternas.
También es importante que sepan lo que Para la Fortaleza de la Juventud no hace: No toma las decisiones por ustedes; no les dará un “sí” o un “no” en cuanto a cada decisión que puedan llegar a afrontar. Para la Fortaleza de la Juventud se centra en el fundamento de sus decisiones; se centra en los valores, los principios y la doctrina, en vez de centrarse en cada conducta específica.
Supongo que la guía podría proporcionarles largas listas de ropa que no deberían usar, palabras que no deberían decir y películas que no deberían ver, pero ¿resultaría realmente útil en una Iglesia mundial? ¿Los prepararía verdaderamente ese método para vivir toda la vida de manera semejante a la de Cristo?
José Smith dijo: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”
Me gusta sentir que Dios confía en que tomaré las decisiones correctas y me gusta que el Espíritu Santo es la mejor guía para tomar decisiones en un mundo cada vez más complejo.
Jesús era mal visto por los fariseos, por no cumplir la exactitud de las normas y preocuparse más por la susceptibilidad y sentimientos de las personas, él tenía una actitud de cuidar, enseñar y perdonar a las personas. No estoy queriendo decir que usar ropa modesta sea malo, lo que creo que es malo es imponerlo en las chicas de una manera insensible, incluso humillante, como una manera de condicionar que participen en una actividad de la Iglesia, como lo es un baile.

Hace poco recibí mi investidura personal en el templo y mi ropa sagrada. Parte de cumplir mis convenios es usarla el resto de mi vida. Para mantenerla cubierta de la vista de otras personas, debo usar ropa modesta. Siento la compañía del Señor durante todo el día y recuerdo constantemente mis hermosos convenios con Él. Es algo a lo que me estoy acostumbrando. Disfruto de la libertad y la comodidad que me da usar ropa modesta y me siento feliz con esta forma de vestir, amo los vestidos y encuentro muchas formas de experimentar con mi ropa sin dejar de cubrir mis gárments. No estoy avergonzada de mi cuerpo, no creo que haya nada malo en él que se deba ocultar, es un regalo del Señor, me siento feliz de la salud y de la juventud que tengo, trato de celebrarlo y aunque a veces me cuesta trabajo, también trato de cuidarlo.

La mayoría de estas cosas positivas sobre mi cuerpo las he aprendido al enfocarme en Cristo, al sentir el Espíritu Santo y al enfocarme en lo bueno, al ir al templo, al tener buenos ejemplos a mi alrededor, al sentir el gozo de guardar los mandamientos de Dios y al servir a los demás. Pero ese día en mi primer baile, no aprendí nada de esto, solo sentí vergüenza, me sentí sola, triste, señalada, incomprendida y enojada. Era una niña, con un pequeño vestido blanco.

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